Soledad en jóvenes en Chile: por qué aumenta y cómo afrontarla
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La soledad suele imaginarse como la experiencia de una persona que vive aislada o que casi no tiene contacto con otros. Sin embargo, también puede aparecer en medio de una vida aparentemente activa: entre compañeros de universidad, colegas, familiares, seguidores y conversaciones permanentes por WhatsApp. Es posible estar acompañado y, aun así, sentir que nadie nos conoce realmente, que no tenemos con quién hablar de lo importante o que nuestra presencia no resulta significativa para los demás.

Los últimos datos disponibles muestran que esta experiencia ocupa un lugar relevante en la vida de muchos jóvenes en Chile. La Encuesta Nacional Bicentenario UC 2026 encontró que el 59% de las personas entre 18 y 34 años se había sentido solo al menos algunas veces durante la semana anterior. En el conjunto de la población encuestada, el 17% dijo no tener ninguna amistad cercana, frente al 12% registrado el año anterior. Además, aunque el 69% mantenía contacto diario o semanal con sus mejores amigos mediante teléfono o redes sociales, solo el 31% se reunía con ellos presencialmente con esa frecuencia.
Estas cifras no significan que seis de cada diez jóvenes vivan en una soledad permanente ni permiten concluir que la tecnología sea su única causa. Sí revelan que sentirse solo se ha convertido en una experiencia frecuente y que merece ser comprendida sin reducirla a una debilidad individual. La soledad depende de la calidad de los vínculos, pero también de las condiciones en que las personas estudian, trabajan, habitan sus ciudades y transitan hacia la vida adulta.
¿Qué es la soledad?
La soledad es una experiencia subjetiva que aparece cuando existe una distancia entre las relaciones que una persona desea y las que percibe disponibles. Esa distancia puede referirse al número de vínculos, pero también —y muchas veces principalmente— a su profundidad, reciprocidad o estabilidad.
Por eso, conviene distinguir tres conceptos relacionados:
Soledad: sensación dolorosa de que las relaciones disponibles no responden a las necesidades de cercanía, pertenencia o comprensión.
Aislamiento social: escasez objetiva de contactos, encuentros o participación en redes sociales y comunitarias.
Falta de apoyo social: percepción de no contar con ayuda emocional o práctica cuando se necesita.
Estas condiciones pueden coincidir, pero no son equivalentes. Alguien puede vivir solo, mantener pocos contactos y sentirse satisfecho con ellos. Otra persona puede conversar durante todo el día con compañeros y familiares, pero no encontrar un espacio seguro para expresar miedo, tristeza o incertidumbre.
Esta distinción también ayuda a interpretar correctamente las encuestas. La Encuesta Bicentenario UC preguntó por haberse sentido solo durante la última semana y agrupó respuestas que iban desde “algunas veces” hasta “siempre”. En cambio, el Termómetro de Salud Mental Achs-UC utiliza una versión abreviada de la escala UCLA, que pregunta por sentirse excluido, aislado o sin compañía. En su medición de 2025, el 19% de los adultos urbanos presentó niveles elevados de soledad percibida; la proporción llegó al 20,9% entre los menores de 29 años y al 26,6% entre quienes tenían entre 30 y 39.
Los porcentajes no se contradicen: describen intensidades, periodos y muestras diferentes. Presentarlos como si midieran exactamente lo mismo exageraría el fenómeno y dificultaría comprenderlo. Lo que sí comparten es un patrón: la soledad no se concentra únicamente en las personas mayores y tiene una presencia importante durante la juventud y la adultez temprana.
¿Por qué tantos jóvenes pueden sentirse solos?
No existe una sola explicación. La juventud es una etapa marcada por transiciones: terminar el colegio, ingresar a la educación superior, buscar el primer empleo, cambiar de ciudad, iniciar o terminar relaciones y construir una identidad más independiente de la familia. En cada transición pueden perderse rutinas y espacios de encuentro que antes sostenían las amistades casi automáticamente.
En el colegio bastaba compartir un horario para ver diariamente a ciertas personas. En la vida adulta, conservar una amistad requiere coordinar jornadas laborales, estudios, traslados, responsabilidades familiares y diferentes ritmos de vida. Las relaciones dejan de estar garantizadas por la estructura cotidiana y pasan a depender de una intención más activa.
También han disminuido algunos espacios intermedios en los que las relaciones podían desarrollarse sin una planificación especial: el barrio, las organizaciones comunitarias, los clubes, las actividades regulares y los encuentros casuales. Cuando casi toda interacción debe agendarse o justificarse por una tarea, resulta más difícil que un contacto ocasional se convierta gradualmente en una relación cercana.
La pandemia intensificó este problema para una generación que atravesó etapas importantes de socialización mediante clases remotas, restricciones de movilidad e incertidumbre. No todas las dificultades actuales pueden atribuirse a ese periodo, pero algunos jóvenes perdieron oportunidades de practicar habilidades sociales, pertenecer a grupos nuevos y aprender a sostener desacuerdos o incomodidades en encuentros presenciales.
Hiperconexión no es lo mismo que intimidad
Las plataformas digitales permiten conservar amistades a distancia, encontrar comunidades y pedir ayuda de maneras que antes no estaban disponibles. Para una persona que se siente diferente o aislada en su entorno inmediato, una comunidad online puede constituir un vínculo real y protector. Sería incorrecto afirmar que las redes sociales son, por definición, relaciones falsas.
Sin embargo, la frecuencia del contacto no garantiza intimidad. Intercambiar mensajes, reacciones y videos puede mantener una relación activa, pero no necesariamente ofrece la atención sostenida que requiere una conversación difícil. Las plataformas también pueden favorecer interacciones breves, fragmentadas y simultáneas, en las que cada persona muestra solo una parte de su vida.
La comparación social puede profundizar esta distancia. Al observar celebraciones, viajes, parejas o grupos de amigos, una persona puede concluir que los demás participan de una vida social plena mientras ella permanece afuera. Lo que se compara, no obstante, es la experiencia interna propia con una selección cuidadosamente presentada de la vida ajena.
Como explicamos en Redes sociales y soledad: por qué las amistades reales siguen siendo esenciales, el efecto de la tecnología depende de cómo se utiliza. Puede facilitar un encuentro, sostener una relación o abrir un espacio de apoyo; también puede reemplazar conversaciones que requieren más tiempo, presencia y vulnerabilidad.
La pregunta relevante no es solamente cuánto tiempo pasa una persona conectada, sino si esa conexión la ayuda a sentirse vista, escuchada y parte de una relación recíproca.
Tener amigos no siempre significa poder hablar
Otro resultado de la Encuesta Bicentenario UC ayuda a comprender la diferencia entre contacto y cercanía. Aunque la mayoría manifestó satisfacción con su número de amistades y con el apoyo recibido, solo el 66% señaló que podía conversar con ellas sobre asuntos íntimos y personales.
Una relación cercana no surge únicamente de revelar experiencias profundas. Se construye mediante pequeñas pruebas de confianza: mostrar interés, recordar algo importante, responder con respeto, ofrecer ayuda, admitir una dificultad y comprobar que la otra persona no se retira ni ridiculiza lo compartido.
Las conversaciones cotidianas también cumplen una función. Saludar a un vecino, hablar con un compañero antes de una reunión o intercambiar unas palabras con alguien que vemos regularmente puede parecer superficial, pero crea familiaridad y abre posibilidades de conexión. Nuestro artículo sobre los beneficios del “small talk” y las conversaciones cotidianas explica por qué estos contactos breves pueden contribuir al sentido de pertenencia.
Cuando ya existe cierta confianza, avanzar hacia conversaciones más profundas y una conexión auténtica requiere escuchar sin apresurarse a solucionar, formular preguntas genuinas y atreverse a compartir algo propio. La intimidad se desarrolla gradualmente; no puede exigirse, pero tampoco suele aparecer si todas las interacciones permanecen en un nivel puramente funcional.
La dificultad de pedir ayuda entre hombres jóvenes
La soledad puede adquirir características particulares cuando expresar necesidad se percibe como una señal de debilidad. Un estudio presentado en octubre de 2026 por INJUV y la Universidad San Sebastián analizó 119 conversaciones mantenidas por jóvenes de entre 15 y 29 años en el Chat Hablemos de Todo. En los relatos aparecieron sentimientos de soledad, insuficiencia y desvalorización, que podían intensificarse cuando el entorno no comprendía o validaba el sufrimiento.
El estudio aporta una precisión importante: no es correcto afirmar simplemente que los hombres jóvenes no piden ayuda. Algunos lo intentan repetidamente, pero no siempre encuentran una respuesta oportuna y sostenida. Además, solicitar apoyo puede entrar en tensión con expectativas culturales de autosuficiencia, control emocional y fortaleza.
Esto no significa que la soledad conduzca inevitablemente a una crisis ni que toda persona aislada presente un trastorno. Sí indica que minimizar expresiones como “no tengo con quién hablar”, “siento que no le importo a nadie” o “no quiero molestar” puede cerrar una oportunidad de conexión. Escuchar con seriedad, preguntar qué está ocurriendo y ayudar a buscar apoyo es más útil que responder inmediatamente con comparaciones o frases optimistas.
Soledad, ansiedad y depresión: relacionadas, pero diferentes
Sentirse solo no constituye por sí mismo un diagnóstico. Puede ser una señal transitoria que motive a recuperar una relación o buscar nuevos espacios. También puede mantenerse en el tiempo y asociarse con tristeza, ansiedad, alteraciones del sueño, menor motivación y una visión más negativa de uno mismo y de los demás.
La relación es bidireccional. La soledad puede aumentar el malestar emocional, pero la depresión y la ansiedad también pueden dificultar la conexión. Una persona deprimida puede retirarse, interpretar el silencio como rechazo o sentir que no tiene energía para responder mensajes. Alguien con ansiedad social puede desear cercanía y, simultáneamente, evitar situaciones en las que teme ser evaluado.
La Organización Mundial de la Salud estima que aproximadamente una de cada seis personas experimenta soledad a nivel global y que las tasas son mayores entre adolescentes y adultos jóvenes. Su informe de 2025 considera la conexión social un determinante relevante de la salud física y mental, no simplemente una preferencia personal.
Conviene, sin embargo, evitar mensajes alarmistas. Que dos condiciones estén asociadas no significa que una cause automáticamente la otra. La experiencia depende de su intensidad, duración, de los recursos personales y de la presencia de vínculos protectores.
¿Qué puede ayudar a reducir la soledad?
La respuesta más intuitiva es “conocer más gente”, pero sumar contactos no siempre resuelve una carencia de pertenencia o intimidad. Las intervenciones deben responder al tipo de dificultad presente.
Si predomina el aislamiento objetivo, puede ser útil aumentar oportunidades regulares de contacto: retomar una actividad, integrarse a un grupo, participar en voluntariado o establecer una rutina presencial. La repetición importa. Ver a las mismas personas periódicamente permite que la confianza se forme sin depender de encuentros extraordinarios.
Si existen contactos, pero falta profundidad, la tarea puede consistir en invertir en una o dos relaciones: proponer un encuentro, preguntar con interés, compartir gradualmente algo personal y expresar de manera concreta qué tipo de apoyo se necesita. Decir “me he sentido bastante solo y me haría bien que nos viéramos” ofrece más información que esperar que el otro lo adivine.
También puede ser necesario revisar interpretaciones. Después de experiencias de rechazo, algunas personas anticipan que no serán bien recibidas y dejan de iniciar conversaciones. Esa protección disminuye el riesgo inmediato de sentirse expuesto, pero puede mantener la soledad. La psicoterapia puede ayudar a reconocer estos patrones y ensayar formas de acercamiento más flexibles.
La evidencia disponible recomienda prudencia frente a las soluciones universales. Una revisión sistemática de intervenciones para jóvenes encontró resultados promisorios, pero también estudios pequeños, mediciones heterogéneas y seguimientos breves. Una revisión posterior sobre intervenciones de conexión social en adultos jóvenes observó mejoras modestas en síntomas depresivos, aunque no encontró una reducción global estadísticamente significativa de la soledad en los estudios combinados. Esto sugiere que no basta con reunir personas: importa la calidad de la experiencia, su continuidad y el mecanismo que mantiene el problema.
Acciones pequeñas, específicas y repetidas
Para una persona que se siente desconectada, proponerse “tener más amigos” puede resultar demasiado amplio. Es preferible traducirlo en conductas observables:
Escribir a una persona concreta y proponer una fecha concreta para encontrarse.
Convertir una actividad ocasional en una rutina semanal o quincenal.
Mantener el teléfono fuera de alcance durante una conversación importante.
Hacer una pregunta adicional antes de cambiar de tema o dar un consejo.
Compartir una dificultad de manera gradual con alguien que haya mostrado respeto.
Recuperar un vínculo valioso sin exigir que vuelva inmediatamente a ser como antes.
Participar en actividades basadas en intereses compartidos, donde el contacto se repita.
No todas las iniciativas serán correspondidas. Construir vínculos implica tolerar cierta incertidumbre y distinguir entre un rechazo personal y las limitaciones normales de tiempo, disponibilidad o compatibilidad. Una relación saludable necesita reciprocidad: no debería depender indefinidamente del esfuerzo de una sola persona.
Las relaciones significativas se asocian estrechamente con el bienestar, como desarrollamos en La ciencia de la felicidad: cómo las relaciones humanas mejoran tu bienestar. Sin embargo, no se trata de alcanzar un número ideal de amistades. Para algunas personas, una red amplia es gratificante; para otras, pocos vínculos estables y profundos resultan suficientes.
La soledad no es únicamente un problema individual
Recomendar que una persona “salga más” puede ignorar obstáculos reales: jornadas extensas, tiempos de traslado, precariedad laboral, cuidado de familiares, falta de recursos, inseguridad en los espacios públicos o ausencia de actividades accesibles. La conexión social también depende de cómo se diseñan las universidades, los trabajos, los barrios y los servicios de salud.
Las instituciones pueden contribuir creando actividades regulares y no solo eventos aislados; ofreciendo espacios seguros de encuentro; facilitando la participación de quienes llegan por primera vez; capacitando a equipos para detectar aislamiento y malestar; y promoviendo culturas en las que pedir ayuda no produzca vergüenza.
En los lugares de estudio y trabajo, no basta con organizar una celebración anual. La pertenencia se construye cuando las personas son reconocidas, tienen oportunidades de colaboración, pueden expresar dificultades y perciben que su participación importa. En las ciudades, las bibliotecas, plazas, centros deportivos, organizaciones vecinales y sistemas de transporte también forman parte de la infraestructura de la conexión.
¿Cuándo puede ser recomendable consultar?
Buscar apoyo psicológico puede ser útil cuando la soledad se mantiene durante varias semanas o meses, produce sufrimiento intenso, afecta el sueño, el estudio o el trabajo, o conduce a evitar cada vez más situaciones. También conviene consultar cuando se acompaña de desesperanza, pérdida sostenida de interés, ansiedad marcada, consumo problemático de sustancias o la sensación de que no existe ninguna salida.
La terapia no reemplaza la necesidad de relaciones fuera de la consulta. Puede ofrecer un espacio para comprender qué tipo de conexión falta, elaborar experiencias de rechazo o abandono, identificar temores que dificultan acercarse y desarrollar maneras más seguras de construir intimidad. En algunas situaciones será necesario tratar además síntomas de depresión, ansiedad social u otra dificultad que esté intensificando el aislamiento.
Si existe una crisis o riesgo inmediato para la seguridad, se necesita ayuda urgente a través de los servicios de emergencia o de una red de apoyo disponible; no es recomendable enfrentar esa situación en soledad.
De la conexión frecuente a la conexión significativa
Los nuevos datos chilenos no demuestran que la juventud haya perdido la capacidad de relacionarse. Muestran una distancia entre estar comunicados y sentirse realmente acompañados. Las tecnologías pueden acercar, pero no sustituyen por sí solas la reciprocidad, la presencia y la experiencia de ser reconocido por otra persona.
La soledad tampoco debería entenderse como un fracaso personal. Es una señal de una necesidad humana y, muchas veces, el resultado de una combinación entre historia individual, transiciones vitales y condiciones sociales. Escuchar esa señal puede impulsar cambios pequeños: recuperar una conversación, pedir ayuda con mayor claridad, sostener un encuentro regular o buscar un espacio donde sea posible participar de manera auténtica.
No se trata de acumular contactos, sino de crear relaciones en las que podamos estar presentes, hablar de lo que importa y saber que nuestra presencia también importa para alguien más.
En el Centro Ps. Eduardo Schilling ofrecemos psicoterapia online para personas de todo Chile y atención presencial, orientada a quienes necesitan comprender su malestar, fortalecer sus vínculos o afrontar sentimientos persistentes de soledad. Puedes conocer nuestras alternativas de psicoterapia online.
Fuentes principales
Pontificia Universidad Católica de Chile. Encuesta Bicentenario UC revela que más chilenos se sienten solos: el 17% dice no tener amigos (3 de noviembre de 2026): https://visionuniversitaria.uc.cl/universidad-y-sociedad/encuesta-bicentenario-uc-muestra-que-mas-chilenos-se-sienten-solos/
Achs y Pontificia Universidad Católica de Chile. Termómetro de Salud Mental, undécima ronda (2025): https://www.achs.cl/termometro-salud-mental
Instituto Nacional de la Juventud y Universidad San Sebastián. Voces Masculinas: experiencias de sufrimiento, suicidio y búsqueda de ayuda en jóvenes que consultan en el Chat Hablemos de Todo (2026): https://www.injuv.gob.cl/personas/noticias/injuv-y-universidad-san-sebastian-presentan-estudio-sobre-salud-mental-y-busqueda-de-ayuda-en-jovenes
Organización Mundial de la Salud. From loneliness to social connection: charting a path to healthier societies (2025): https://www.who.int/publications/i/item/9789240112360
Eccles, A. M. y Qualter, P. Interventions to address loneliness and social isolation in young people: a systematic review (2021): https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/34662802/
Filia, K. et al. Social connection interventions and depression in young adults: a systematic review and meta-analysis (2024): https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/39150513/



